Leyendas Mexicanas de Terror

La casa embrujada

http://imganuncios.mitula.net/casa_sola_en_venta_en_centro_queretaro_queretaro_9200082451163674462.jpg

Cuenta una leyenda de Querétaro que en una hermosa casa situada en el campo vivía una madre con sus tres hijos. Como la mujer se encontraba tan sola, decidió unirse a un hombre que le hacía la corte desde hacía tiempo. Pero el hombre era malo, y pasado un cierto tiempo empezó a maltratar a los hijastros: los golpeaba, los amenazaba, los mal alimentaba y les restringía el agua.

De los tres niños, el padrastro odiaba más a la pequeña que contaba con diez años. Con ella se ensañaba más; hasta que un día arrojó a la criatura por las escaleras y murió al instante. Para escapar al merecido castigo de la justicia, el cruel hombre, junto con la mujer y los niños restantes, huyeron hacia una ciudad desconocida.

La casa quedó vacía, y pronto fue habitada por otra familia. Los nuevos habitantes se quejaban de que escuchaban gritos y llantos lastimeros, y voces que no sabían de dónde procedían. A veces escuchaban golpes en una puerta y voces infantiles rogando que les dieran comida y agua.

Pero lo más terrible era que veía a una niña vestida de blanco que se paraba al borde de la escalera y era empujada por una mano invisible que la arrojaba hacia abajo. La escena se repetía día con día, y la familia, sumamente asustada, se vio en la necesidad de abandonar la casa embrujada, la cual desde entonces sigue desocupada, aunque los que pasan cerca de ella aseguran oír voces infantiles clamando clemencia.

Sonia Iglesias y Cabrera

 

La carretera

La carretera

Cerca de una carretera vivía en Chihuahua una familia: el padre, la madre y dos gemelas de aproximadamente doce años. Todos los días su mamá las llevaba al colegio, en cuya trayectoria debían cruzar la carretera que estaba siempre muy transitada. Un día, la madre recibió una llamada de su trabajo para que acudiese inmediatamente. Como no le quedaba más remedio que obedecer a su jefe,  la mujer tuvo  que dejar que las gemelas se fuesen solas al colegio.

La madre les dio toda clase de recomendaciones para que cruzaran la peligrosa carretera: tomarse de la mano y ver bien que no pasase ningún vehículo al momento de cruzarla. Sin embargo, al tiempo de cruzar la carretera, un automóvil salió de pronto y las atropelló. Las niñas murieron instantáneamente. La madre casi muere de la pena.

Pasados cuatro años, la pobre mujer se embarazó y dio a luz unas hermosas gemelas. Cuando crecieron hubo que enviarlas al colegio, pero esta vez la madre tomó toda clase de precauciones para que las niñas nunca fuesen solas al colegio, no fuera a ser que de nuevo en la carretera tuviesen un fatal accidente. Las tres, la madre y las niñas, cruzaban después de haberse cerciorado completamente de que la carretera estaba libre de cualquier peligro y que no había ningún auto que se acercara.

Un día, las gemelas decidieron cruzar solas la carretera, aun cuando no se dirigían al colegio. Se encontraban a punto de cruzar, cuando sintieron que su madre las detenía por el hombro y les suplicaba, con lágrimas de terror, que no cruzasen la fatal carretera; pero las niñas muy tranquilamente voltearon a verla y le dijeron: -¡Querida mamá, no te preocupes, no pensábamos cruzar la carretera, ya fuimos atropelladas en el pasado, y eso no volverá a suceder!!!

Sonia Iglesias y Cabrera

Una viejecita muy maligna

http://sobrefotos.com/wp-content/uploads/2009/05/sonrisa-anciana.jpg

En el pueblo de Seiba Playa, cerca de la Ciudad de Campeche, los habitantes se dieron cuenta que de cada noche familias enteras desaparecían sin dejar rastro. Ante este hecho decidieron contratar a un brujo para que aclarase el misterio. Una vez estudiado el fenómeno, el hombre afirmó que el causante  de las desapariciones era una horrenda vieja llamada Isahawuu que se convertía en un monstruo muy poderoso y que se comía a todas las familias. Como tal demonio desaparecía a las víctimas siguiendo un determinado orden, se sabía a cuál familia atacaría la próxima vez. Así pues, el brujo se fue a la casa señalada y se hizo pasar por un miembro más.

Pasó un cierto tiempo, y en una ocasión una viejita de aspecto tranquilo y carita triste llamó a la casa destinada como la siguiente que el monstruo atacaría, y pidió permiso para quedarse en esa noche en cualquier rinconcito. La familia aceptó al verla tan inofensiva. Pero el brujo sospechó algo, y se mantuvo alerta y preparado. La viejecita se había acomodada cerca de la puerta trasera que conducía a los baños de la casa.

El brujo, que observaba atentamente lo que sucedía, se dio cuenta de que los miembros de la familia salían por turno hacía el baño del patio, con caras de tener un fuerte dolor de estómago, teniendo que pasar, forzosamente junto a la viejilla. Entonces, el chamán se preparó con sus instrumentos de trabajo y, cautelosamente, se acercó al lugar en donde sabía que se había acomodado la anciana. Lo que vio le sorprendió, pues es ese sitio se encontraba solamente un montón de pellejo. Lo agarró y le echó sal, junto muchos bejucos, les echó agua bendita, y cubrió con ellos el pellejo mientras pronunciaban oraciones. Enseguida corrió al baño y se encontró con un enorme monstruo que con su boca abierta se tragaba a uno de los componentes de la familia. Inmediatamente cubrió al espantoso monstruo con las ramas de bejuco, las cuales se transformaron en cadenas que lo sujetaron impidiéndolo moverse y huir.

Una vez atrapada la terrible vieja Ishawuu, la encerraron en los morros, cuevas que se encuentran en Seiba Playa, esperando que la marea subiese para que la horripilante y maligna vieja se ahogase. Sin embargo, antes de morir ahogada, el monstruo devorador de familias lanzó la terrible amenaza de que volvería para  tomar venganza.

Los habitantes temen su regreso, pues saben que el conjuro del brujo solamente tiene una duración de trescientos años, y el plazo está por cumplirse…

Sonia Iglesias y Cabrera

“No insulte ni agreda a los espíritus”

No insulte ni agreda a los espíritus

Juanito era un niño que todos los fines de semana iba a visitar a su abuela junto con sus padres. En el jardín de la abuela había un gran árbol, debajo del cual Juan y sus primos se ponían a jugar. Cuando la abuela los veía siempre les decía que no debían jugar bajo de ese árbol porque allí existía un aire maligno. Pero ninguno de los niños le hacía caso y continuaban jugando a las canicas o al trompo en aquel lugar, porque les proporcionaba sombra.

Pero un mal día  Juanito se la pasó jugando más de la cuenta bajo el árbol, y al regresar a su casa empezó a sentirse muy mal. Le dolía mucho la cabeza, vomitaba, estaba deshidratado y se sentía morir. Los padres le llevaron a ver a dos médicos, pero el chico seguía empeorando cada vez más.

Entonces su madre, aconsejada por la abuela, decidió llevarlo con una curandera, pues tenía todos los síntomas de haber atrapado el “aire maligno”, y el muchachito estaba cada vez peor y veía borroso. Acudieron al consultorio de una curandera que le dijo a su madre que era la mejor de la ciudad. Juanito se espantó mucho cuando leyó un letrero que rezaba “No insulte ni agreda a los espíritus”, pero se tragó su miedo. Al llegar su turno, la curandera sacó una baraja española y empezó a interpretarla mientras pronunciaba extrañas palabras y a relatar lo que había hecho Juan ese fin de semana fatal. Le dijo que había estado jugando bajo un mal árbol y que a las doce del día un aíre maligno se le había introducido en el cuerpo. La mujer tomó un ramo de hierbas y flores, lo mojó en un líquido verde y empezó a limpiar el cuerpo del muchachito.

Al salir del consultorio, Juanito todavía se sentía muy mal, pero al llegar a su casa, se encontraba completamente sano. La curandera había logrado expulsar al aire maligno que había atrapado el desobediente muchachito.

Sonia Iglesias y Cabrera

Amor en el cerro

Amor en el cerro

En Cananea, estado de Sonora, existe un cerro que tiene una bonita leyenda. En ella se cuenta que en dicho cerro se aparecían dos enamorados que se declaraban su amor con voz tan fuerte que les oían desde el antiguo pueblo de Buena Vista. Las personas subían al cerro a averiguar de quiénes se trataba, pero nunca los encontraban. Hasta que un día un joven encontró entre las matas una cajita de metal muy bonita con una carta dentro escrita por una mujer enamorada, en la cual contaba su tragedia.

Muchos años atrás una pareja de enamorados acostumbraba subir al cerro y ahí, entre la hierba y las flores, hacían el amor hasta quedar agotados. El joven había jurado amor eterno a su amada, y le había hecho la promesa de que pronto se casarían. Ambos se querían mucho.

En cierta ocasión, el padre del muchacho le dijo que tenía que ir a Hermosillo, la capital del estado, para arreglar ciertos asuntos de negocios de su padre, negocios que le aportarían una mayor fortuna, y le permitiría a su hijo casarse. El joven emprendió el viaje, después de despedirse de su adorada. Pero la diligencia en que iba tuvo un percance y el chico salió herido. Lo trasladaron a Hermosillo a un hospital donde permaneció largos años internado, pues había perdido la memoria. Cuando salió del hospital, ya completamente restablecido, se dirigió inmediatamente a Buena Vista a buscar a María, que así se llamaba la amante. Pero no la encontró.

Indagó por todo el pueblo hasta que dio con el muchacho que había encontrado la carta en la cajita, quien le informó que la desdichada María, al verse deshonrada y creerse abandona por su galán, había subido a la cima del cerro, se había rociado con petróleo y quemado completamente entre desgarradores gritos de dolor y sollozos por la ingratitud de su amado.

Al enterarse de lo sucedido, el enamorado corrió como loco hacia el tope del cerro, tomó su pistola y se dio un balazo en la cabeza. Al instante cayó muerto.

Al siguiente día, los habitantes de Buena Vista comenzaron a ver a los enamorados en la cúspide del cerro y a escuchar sus arrumacos fantasmagóricos,  que no han cesado desde entonces, aunque el pueblo haya desaparecido desde hace mucho tiempo.

Sonia Iglesias y Cabrera

 

Alma y el hombre colgado

Alma y el colgado

Cuenta una leyenda de Morelia que, hace ya muchos años, una joven de nombre Alma dormía muy en paz en su recámara de la casa de sus padres, la cual se encontraba situada en pleno centro de la ciudad. Como a las doce de la noche, oyó un ruido en el extremo del cuarto que la despertó. Alma se incorporó de la cama y vio la sombra de un hombre que pendía de una soga y se balanceaba tétricamente. Muy asustada, la joven se puso a dar de gritos. Sus padres y dos de sus hermanos se despertaron inmediatamente, y acudieron a ver de qué se trataba. Alma les contó lo que había visto, pero ellos ya no vieron nada.

Cuando se hizo de día, la muchacha acudió a ver al cura de la iglesia, que era su confesor, y le contó lo que había visto. Después de preguntarle a Alma si conocía al colgado y de ella decir que no, el cura le aconsejó que si lo volvía a ver le preguntase lo que quería, ya que era muy probable que fuera un alma en pena.

A la noche, Alma volvió a ver al colgado a las doce. Pero se aterró tanto que no pudo pronunciar palabra, y no le preguntó nada. El cura la volvió a instar para que indagara lo que el hombre deseaba. Así una noche Alma, junto con sus padre, se armó de valor, y cuando a las doce de la noche apareció el hombre colgado, la chica, con voz trémula, le preguntó qué era lo que quería.

Al oír la pregunta, el hombre le respondió que había muerto y que su novia, a quien adoraba, no sabía nada de su deceso, y que sufría mucho pensando que ella pudiera creer que había sido un ingrato que la abandonó a punto de casarse. Le dijo el colgado que era del todo necesario que su adorada supiese la verdad, y que le rogaba a Alma que fuera a ver a la chica para contarle lo que le había ocurrido.

Después de indagar donde se encontraba la novia abandonada, Alma acudió a visitarla para decirle que su novio había muerto asesinado por unos bandoleros que le habían colgado, y que a ello se debía su desaparición y no al desamor. La novia lloró mucho, pero se conformó al saber la verdad y le organizó novenarios para que el alma de su amado descansara en paz.

Desde ese momento, el hombre colgado nunca más se le apareció a Alma, la piadosa joven moreliana.

Sonia Iglesias y Cabrera

María, la monja

http://d8nz9a88rwsc9.cloudfront.net/wp-content/uploads/2014/05/antiguo-convento-de-la-concepcion.jpg

En 1655, fray Juan de Zumárraga fundó en la capital de la Nueva España, el Convento de la Concepción en estilo barroco, aunque después se le fueron agregando construcciones y reformas de diferentes estilos, tales como el churrigueresco y el neoclásico. En tal sitio aconteció un hecho que se convirtió en leyenda.

Hace ya muchos siglos, en plena Colonia vivió una mujer cuyo nombre fue María de Ávila. María tenía unos buenos padres y tres hermanos. Ella era la benjamina. Desgraciadamente, sus padres murieron y la joven, muy triste y deprimida, decidió meterse a monja, como la hija de don Juan Alba. Pero en este caso, la muchacha ingresó en el Convento de la Concepción.

Al poco tiempo de haber tomado los votos, llegó al convento un mestizo muy guapo. Le querían como trabajador que arreglara los desperfectos del convento. María y el mestizo hicieron buenas migas, y solían charlar en los tiempos en que sus respectivos trabajos se los permitían; o bien, mientras el mozo trabajaba en el huerto.

A fuer de platicar y conocerse, María se enamoró locamente del mestizo, quien llevaba por apellido el de Arrutia. Pero el amor fue correspondido y ambos jóvenes se querían mucho. Nadie en el convento se dio cuenta del amor que se tenían, pues fueron muy discretos. Pero llegó el momento en que fue tanto el amor que decidieron anunciarlo a todo el mundo, y tomaron la resolución de que María dejaría el convento para casarse con el buen mozo.

Sin embargo, los enamorados no contaron con que Alfonso y Daniel, dos de los hermanos de María se enterarían. Furiosos, acudieron al convento a ver a la hermana para obligarla a que dejase a su amado y no renunciara a sus votos religiosos, pues consideraban que sería muy vergonzoso que una joven española tuviera amores con un simple mestizo. Sería una terrible mancha para la familia.

Arrutia una noche se fue de farra con sus amigos a una taberna. Cuando se encontraba ya entrado en copas, les confesó a sus amigotes que se casaría con María porque le convenía, y que así subiría en la escala social. Dio la casualidad que los dos hermanos de María se encontrasen en la misma taberna y oyesen al deslenguado. Prestos, se dirigieron a donde se encontraba y le ofrecieron mucho dinero con la condición de que dejase a María y rompiese el compromiso de matrimonio. Dicho y hecho: ante el dinero en oro que le ofrecieron al mestizo, el ingrato novio desapareció como por encanto.

María esperó días y días al ingrato frente a la fuente que era el lugar favorito de sus amoríos, pero pasó el tiempo y Arrutia nunca volvió, y la monja se murió de dolor y tristeza. Fue enterrada en el mismo convento donde había conocido el amor. Pasado un cierto tiempo, Urrutia murió de un infarto y con el terror reflejado en su cara, como si hubiese visto algún fantasma…

Desde esos terribles hechos, María, convertida en fantasma, se les aparecía a las monjas y novicias del Convento de la Concepción, en la fuente, los patios, y en la huerta donde solía pelar la pava con el desalmado mestizo Arrutia. Las monjas que la vieron, contaban que la aparición tenía un semblante muy triste y adolorido, y que sollozaba por todos los rincones del convento. Desde esos lejanos tiempos, la monja María no ha dejado de aparecerse, siempre esperando el regreso de su adorado mestizo.

 

 

El gato pardo

El gato pardo

Cuenta una leyenda de Tonalá, Chiapas, que en una ocasión una familia se disponía a dormir. Los hermanos, que eran siete, dormían en la parte alta de la casa, donde también se encontraban el padre y la madre en una hamaca. De pronto, el padre ya medio adormilado, escuchó la voz de una de sus hijas que dormía en la planta baja. La niña tenía doce años. Al oírla, el padre se levantó y acudió a donde se encontraba la niña, seguido por su esposa y uno de sus hijos varones. Cuando llegaron a la sala de la casa, vieron a un enorme gato de color pardo. La niña se encontraba parada en el umbral de su cuarto aterrada y le decía al felino: -¡Gato, gato, gato! Al tiempo que tiraba manotazos en el aire. El gato la observaba con burla subido en la televisión, y parado en sus patas traseras bailaba una extraña danza. El padre de familia, corrió a la cocina por una escoba y cerró la puerta de la sala, para que el gato no pudiera salirse. Sin embargo, cuando el gato vio al hombre que le amenazaba con la escoba, se salió por un pequeño agujero que había en el vidrio de una ventana. El hombre quiso atraparlo, pero el gato, siendo tan grande, se escabulló por ese agujero tan chico, como si hubiera estado untado de mantequilla… y se fue.

Pasó el tiempo y la familia siempre encontraba cagarrutas de gato en el suelo y en los muebles de la casa que la apestaban toda. Todos tenían mucho miedo. Una noche el gato volvió a presentarse y a asustar a la niña. La escena se repitió, y cuando el padre cogió la escoba para espantarlo, el gato se pegaba a la escoba y lanzaba terribles descargas eléctricas. El gato corría por las paredes y el techo tratando de escapar de los golpes que le propinaba el padre de familia. Uno de ellos le dio en el cerebro y lo mató. Entonces el gato lanzó un terrible maullido satánico, cayó al suelo muerto y desapareció inmediatamente sin dejar rastro. Nunca más se le volvió a ver.

Sonia Iglesias y Cabrera

El Cristo Negro

El Cristo Negro

Hace muchos años, allá por el lejano siglo XVII, en la zona de Valle de Bravo, en el Estado de México, había dos pueblos de indios que se encontraban en continuo pleito. La causa del los conflictos se debía a límites territoriales. Un grupo pertenecía al pueblo de La Peña, y el otro a Ahuacatlan.

En cierta ocasión llegó a la Hacienda de San Gaspar un arriero, quien les ofreció en venta a los jornaleros de La Peña que laboraban ahí, una imagen de Jesucristo de tres que estaba vendiendo. Era un hermoso Cristo blanco como la nieve, de tamaño casi natural y muy bien esculpido. Se trataba de una imagen muy bella. Pero a los trabajadores no les interesó en lo más mínimo la escultura. Sin embargo, el arriero dijo que se los dejaba para que lo admiraran y pensaran en comprarlo, y que regresaría al siguiente día. Pero el hombre nunca volvió.

Con el tiempo los indios se acostumbraron al Cristo y empezaron a venerarlo. Tanto les gusto que le pidieron al dueño de la hacienda que les concediese un día al año para festejarlo con danzas, música, pulque y comida.

Pero cada año la fiesta dedicada al Cristo se volvía un revolú, pues el alcohol volvía locos a los indios y se tornaban muy irrespetuosos con los patrones. Entonces, el dueño de la Hacienda de San Gaspar les anunció a los creyentes que podían seguir venerando al Cristo, con la condición de que edificaran una ermita que estuviera lejos de la hacienda, para no oír y sufrir tanto alboroto.

Los indios edificaron una iglesia de carrizo y zacate, y allí llevaron la imagen del Cristo. Un día 3 de mayo, cuando se encontraban en la ermita celebrando la fiesta de la Santa Cruz, los de Ahuacatlan les cayeron encima y los atacaron. Se formó una batalla espantosa, todos estaban borrachos y no sabían ni lo que hacían. De repente, la ermita empezó a arder y se quemó completamente. Al Cristo no le pasó nada, pero quedó completamente negro.

Espantados, los indígenas llamaron a un misionero para que les explicara lo que había pasado, El fraile, muy en su papel, les explicó que el hecho había sido una advertencia de Dios que estaba cansado de tanta borrachera y tanto pleito entre los dos bandos, que les pedía que cesaran los conflictos y que era necesario de que en el Valle de Temascaltepec reinara la paz y la armonía.

Asustados, los belicosos llevaron al Cristo a la Capilla de El Calvario, que había sido construida por los frailes de Ahuacatlan y dedicada a la Asunción de la Virgen María, para que ahí se quedase el Cristo Negro Señor de Santa María.

Sonia Iglesias y Cabrera

Ripiwiri

Ripiwiri

Había una vez un jovencito tarahumara que se llamaba Flecha Dorada. Tenía solamente diez y seis años. Vivía con sus padres y tres hermanos en Guachochi. Junto con su familia, el muchachito se dedicaba a trabajar la tierra, la cual cada vez producía menos, lo indispensable para mal comer y vender algo en el mercado.

En cierta ocasión iba por las afueras del pueblo caminando a eso del mediodía, cuando de pronto sintió un ramalazo de viento, un terrible remolino que envolvió toda su persona. En seguida supo que algo muy malo le había ocurrido. A los tres días el cuerpo le dolía terriblemente, y una fuerte sensación de frío le recorría el mismo. Empezó a adelgazar de manera alarmante, se quedó casi en los huesos. Su madre, doña Juana, supo en seguida que se trataba del Ripiwiri, que le había agarrado con mucha fuerza, precisamente porque lo había atacado a mediodía.

 La afligida madre acudió con el owirúame, el curandero, porque le veía tan mal que temió perder a su hijo. El owirúame, recurriendo a los sueños adivinatorios y a los síntomas que presentaba Flecha Dorada, pronto dio con la causa de la enfermedad. Entonces, procedió a su curación. Le dio un buen baño de asiento; sobre piedras calientes calentó hojas de sabino, envolvió al enfermito en gruesas frazadas para que sudara el mal sentado en un banco, y luego le bañó con una agua de palo asárowa. Le dio a beber tesgüino, y repitió el tratamiento durante tres días consecutivos. (1)

Pero Flecha Dorada seguía muy mal. Ni mejoraba con el tratamiento. Y así siguió enfermo durante cuatro años. El curandero había fracasado. Pudo más Ripiwidi, el mal remolino que acabó truncando la vida del joven tarahumara.

Cuando murió, el cadáver de Flecha Dorada parecía que había sido completamente aplastado.

(1) Datos verídicos

Sonia Iglesias y Cabrera